dilluns, 8 d’octubre de 2012

Dudable historia del declive de una augusta ciudad olvidada en un rincón del Mediterráneo


Era masiva, tanto que las grasas migraron del sobre-habitado ensanche a terrenos vírgenes i despejados, aunque lejanos, el corpóreo pedralbes.

La red de metro, que en otra época funcionó con puntualidad españolona se estaba entorpeciendo día a día a marchas forzadas hasta el punto que su gracia hacia demasiado tiempo que no enviaba emisarios a pedralbes, porque por el camino solían haber colestéricos deslizamientos que las mataban a pesar de las corazas de los acorazonados sentimientos.
Así fue haciéndose solitario, abandonado, hasta que un día,  en su susto por  el ostracismo, pedralbes empezó a correr, dándose, en las prisas, golpes a diestro y siniestro.

En esta frenética carrera golpeó a queridos y odiados, a diestro y siniestro, a derecha y a izquierda, destrozó gentes, amigos, bichos y pulgas, siendo inútiles los gritos que el ensanche i gracia lanzaban con desesperación.

Insultos, malcaramientos; injurias y calumnias; embustes i plagios fueron despejando de gentes la carretera por la que transitaba arrolladoramente, siempre hacia delante: era su huida.

Pareciole que veía la luz, pareciole que encontraba un oasis en l’hospital(et) de calma y tranquilidad, pero no era más que eso, un oasis, un fantasma que en un momento de olvido no había enterrado lo bastante profundo y ahora volvía para llenar sus vacíos sueños de terribles pesadillas.

Fue entonces, cuando en todo su infortunio, pedralbes recordó que hacia años que no llegaba ningún metro, ni tan solo un retrasado autobús, de los bajosfondos gracienses i ensanches. Se olvidó de correr. Paró. Empezó a escarbar en toda la porquería de grasiento chocolate industrial que embozaba el túnel, otra vez alocadamente, sin método, sin sentimiento, hasta que rendido por el cansancio pedralbes apago la luz y se adormeció.

Quien sabe si despertó.

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